HARLEY DAVIDSON SPORTSTER XL 1200 CUSTOM A: Su nombre es Rock'n'Roll - Prueba Dinámica

Escrito por José Angel el . Publicado en El Rincón grasiento Categ

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Probador 2


Nombre Tomás Pérez

Ficha Técnica: Edad 54, Altura 1,91, Peso 102

Nivel: Subcampeón 2.012 categoría Twin Mac90

 

 

En la Soledad de Los Monegros

Fue al final del verano de va a hacer ahora, justamente, diez años. Lo recuerdo perfectamente. Sí, fue durante el viaje de vuelta de unas vacaciones, con una berlina cargada de maletas, dos chicos cansados y una mujer adormilada por ese particular contraste que forma la brisa artificial del aire acondicionado con el sol tardío de agosto cayendo a través de los cristales.

El testigo de la reserva llevaba ya encendido unos kilómetros, demasiados, mientras cruzábamos las tierras más áridas de Aragón. Finalmente, una gasolinera averiada me obligó a abandonar, con cierta inquietud, la gran autorruta en busca de un repostaje rural, una búsqueda que nos llevó, sin darme cuenta, hasta el mismo corazón de un viejo conocido:
Bujaraloz.

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Cuando identifiqué la silueta de las primeras casas, afloraron al instante en mi memoria recuerdos grabados en otros tiempos, que más allá de los siete lustros que los habían enterrado, se me antojaban en aquel momento casi de otra vida. Había vuelto a la capital de los Monegros, una parada siempre obligada en medio de aquel desierto tan hispano. La Nada Aragonesa.
Una parada tradicional en medio de ninguna parte.

La mirada a un lado y la carretera, recta como la proyección del rayo láser; la mirada al otro, y lo mismo: la ruta se estrecha y se pierde en la perspectiva caballera por el camino más corto hasta la franja que reverbera y sobre la que se adivina el horizonte. Un encendedor, de gasolina, por supuesto, y un cigarrillo de Virginia prendido que transmitía en ese expuesto paraje la sensación del cow boy atravesando las tierras rojizas de Tejas, extendidas sobre la inmensidad del Oeste, o la desoladora planicie de la polvorienta Arizona. Un pie sobre el estribo de mi moto, el codo apoyado sobre la rodilla, y vencido sobre él, el tronco para dibujar una actitud contemplativa, deleitándome con esa placentera soledad del motorista solo en solitario concebida en su máxima expresión. 

Pero esta vez, al atracar mi nave, con toda la carga familiar en sus bodegas, junto al poste de gasolina en Bujaraloz, me encontré con una imagen inesperada, con todo su añejo sabor, que me devolvió a aquellas paradas obligadas en medio de la Soledad Motociclista más genuina que, probablemente, uno pueda vivir sobre la Piel de Toro. Un personaje ataviado con vaqueros y una chaqueta de cuero negro, muy particular por el aire rancio que destilaban su corte y sus formas. Ceñida a la cintura, recogida sobre el talle y cruzada sobre el pecho, me sugirió a algunas más antiguas incluso de la que yo mismo usaba en aquella época remota en la que me sentí, como nunca, un solitario motorista. Sobre los hombros y los codos unos refuerzos superpuestos y cosidos a base de un sencillo añadido recortado en la misma piel y mostrando un entramado de rombos grabados al modo de un mullido sofá clásico. Al cuello llevaba anudado un pañuelo corto y rojo sobre el que se adivinaba alguna serigrafía y de su mano colgaba un casco abierto con su hueco relleno por el resto del atuendo. Sacó de él unos guantes, negros también, finos y con agujeros en el dorso; se acopló el casco jet sobre la cabeza, con unas gafas de vidrio alzadas sobre el frontal, esperando al último momento para bajarlas y ajustarlas sobre sus ojos. Luego giró la llave de contacto y, puesto a su lado izquierdo, tomó su moto por el manillar, aún sin subirse a ella. La moto era sencilla, discreta y desde luego clásica, con el mismo aire rancio que transmitía su motorista.

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Al alzar la pierna sobre la palanca de arranque, quedó al descubierto una bota de media caña, negra también, con el obligado refuerzo sobre el empeine. Una elevación del cuerpo y un impulso con decisión, dejándose caer sobre la palanca, hasta que un sonido, con una leyenda de ciento diez años grabada sobre sus notas, se dejó escuchar bajo la visera de la gasolinera.

Aquel personaje posó su trasero sobre el escueto sillín, corrió la cremallera de la bolsa amarrada al depósito y tomó aire, dejándose invadir, probablemente, por rítmico petardeo de su motor. Se ajustó las gafas. Luego pisó la palanca del cambio, y acto seguido soltó el embrague para verle desfilar justo ante mí, y mi cuadro familiar, con la marcha que marcaba el pausado tamborileo de sus escapes. Se detuvo frente al stop de la carretera. Miró ceremoniosamente a su izquierda y finalmente aceleró pausadamente, como si el gas fuese un instrumento musical, para perderse lentamente mientras extendía su sonido de leyenda por toda la planicie.

Aquella imagen retenida en mi retina, aquella del solitario motorista perdiéndose en la inmensidad de Los Monearos, fue exactamente la misma que recordaba de mi juventud: El motorista solo en solitario, sí, o lo que resulta más aún: La pura esencia de la ruta.

¿Y la moto? Ah, sí, claro… La moto.

La moto de aquel personaje era una Sportster.


La Posición

Tratemos de hacer una escala de posiciones desde el cero hasta el diez dentro del mundo custom. Pongamos que la posición cero la marca una moto clásica, o neoclásica, como puede ser, por ejemplo, la Triumph Bonneville, y que la posición diez queda delimitada con las manos cogidas a un manillar montado sobre largas torretas y los pies posados sobre unos mandos avanzados, casi casi los de una chopper. En ese caso, podríamos decir que la posición de esta Sportster 1200 se sitúa en la graduación 1/1,5 de esa particular escala custom.

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Sí, lo cierto es que en todo momento esta Sportster le transmitió, a un servidor particularmente, la sensación de una moto clásica con una fuerte intensidad. Y sí, mi otra forma de medir la posición de una custom, que es, ni más ni menos, que la franja del trasero que se me queda dormida con los kilómetros por la falta de costumbre en este tipo de motos, en este caso existió, aunque, eso sí, bastante, bastante estrecha; casi una escasa línea.

Esto en cuanto a la posición longitudinal, en cuanto a la transversal…, me voy a explicar mejor porque parece que estamos en una clase de geometría. En cuanto a la anchura, la de los brazos resulta tan cómoda como natural. Y en cuanto a la de las estriberas, pues, como en otras Sportsters, es muy particular, una posición particularmente ancha a la que, honestamente y desde mi visión de quemado, no le encontraba ningún sentido; aunque, claro está, imaginaba que tendría alguna razón de ser, porque, sencillamente, el mundo custom es muy personal… es otro mundo en muchos aspectos, sobre todo en el de la posición sobre la moto.

El caso es que en una salida de fin semana, una de las que hago de vez en cuando con el grupo KMZ (Harleys de Madrid), me tocó ir detrás de dos Harlystas subidos en sendas Sportster, ambas montaban las mismas estriberas que la que yo conducía y fue cuando al verles recordé ese cierto abandono con el que algunos conducen sus cerdas. Sí, me refiero a ese abandono queriéndose olvidar de cualquier concentración que les exija abandonar ese largo momento placentero del que disfruta en marcha sobre su cerda. Es esa actitud, tal vez quedaría transmitida en un mensaje que dijera algo así como: “Llévame y no me incordies. No me obligues a estar totalmente pendiente de cómo tengo que llevarte. No me obligues a ir sujeto, apretado contra ti. No me obligues a hacer ningún esfuerzo para conducirte, simplemente llévame y déjame disfrutar”.

Bien, pues eso parecían decir mis compañeros de ruta, colgándose literalmente del manillar, con los brazos y los hombros sueltos, y, sobre todo con las piernas abiertas, apoyando el tacón de cada bota en el extremo más sobresaliente de la estribera y con las puntas abiertas en ángulo como el freno de un esquiador.

Creo que entonces comprendí la razón de ser de estas estriberas tan exageradamente abiertas, exageradas en apariencia.

Sportster 1.200: La Moto clásica

La moto de siempre en solitario, como he explicado al principio. Para los que vivimos en el centro de La Península, existe una carretera que, sin llegar a resultar desconocida, tampoco se puede decir que sea muy popular; una carretera en la que uno se puede encontrar con esa pretendida soledad en un páramo, que no es que se halle perdido en ninguna inmensidad, pero sí transmite, como la que más, una sensación desoladora. Hablo de la carretera que une dos ciudades con tanta carga histórica como son nada más que Aranjuez y nada menos Toledo. Allí, tras dejar a la espalda una gravera de aspecto postnuclear, me detuve, otra vez más, en medio ninguna parte. Contemplé la silueta de esta Sportster recortada contra la aridez del panorama, y a pie de ruta, escribí estas letras. No lo hice porque sintiera que llegara mejor la inspiración, no, lo hice por puro sibaritismo. Me detuve allí para sentir con toda la intensidad dos placeres muy especiales:

Escribir rodeado de la paz que cubre el páramo y vivir una vez más la Moto en solitario.

El Motor
Un propulsor muy completo, potente y desde luego muy lleno en toda la gama. Un motor enorme, aun siendo de la serie pequeña fabricada por la marca. Insisto en el calificativo, “enorme”, después de haber probado ya dos Screamin Eagle de 110 pulgadas.
Este 1.200 se siente con fuerza desde abajo, como no podía ser de otro modo, pero ese empuje también se prolonga a lo largo de toda su entrega, hasta el máximo de revoluciones. La Sportster 1200 corre, corre mucho. Adelantas a los coches con una facilidad pasmosa en las carreteras de doble sentido, incluso a varios a la vez, si es que lo quisieras o necesitaras en alguna situación comprometida.

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La Sportster 1200 corre más de lo que desearía el más quemado de los harlystas, y si es que las prestaciones de esta moto no fueran suficientes para alguno de ellos, tendría que revisar mi concepto de “harlysta”, después de haberlo acuñado durante casi cinco años a la sombra, el abrigo, la tutela y la paciencia con la que un montón de amigos –algunos de los más recalcitrantes- pertenecientes a ese gremio de La Moto han respondido al bombardeo de preguntas al que les he sometido, les someto todavía y les seguiré sometiendo mientras continúo aprendiendo más y más acerca de este personalísimo planeta de La Moto, el de Harley.

En marcha
Ya son varias las Sportster sobre las que he hecho la prueba, incluyendo la divertidísima XR 1200 X. Podemos vivir esta parte en varios apartados:

-Los amortiguadores traseros –lo comentamos cada vez que probamos una- muestran una ineficacia tan manifiesta que la mayoría de los usuarios de esta familia termina cambiándolos con el paso de los kilómetros.

-La suspensión delantera cumple, sin más, si la comparamos con una moto clásica, por ejemplo, y está dentro de la media (dejando siempre a un lado el confort y mirando solamente la capacidad de absorción y estabilidad) del mundo custom. Con un poco más de precarga (muelles más duros o, simplemente, aplicándola con suplementos sobre los de serie) pienso que quedaría más equilibrada con respecto a lo que la moto en sí es capaz de desarrollar.

-La frenada delantera es más que aceptable, está bien dimensionada para las prestaciones y el peso de la moto. Cuenta con el apoyo extra de la anchura de la goma, que aunque llegue a bloquearse en seco, no pierde la trayectoria así como así, gracias precisamente a esa anchura.

El que no pierde la trayectoria recta, a menos que atravieses la moto con el manillar, es la rueda trasera bloqueada. Puedes hacer con ella metros y metros clavada mientras sigue fiel la línea que marca la delantera. Tuve ocasión de probarlo sobradamente un día de lluvia.

Pegas

1.- Tira medio litro de gasolina, o más, si la llenas hasta la boca y la apoyas inmediatamente después sobre la pata.

2.- Los espejos ofrecen un escaso campo de visión. Aun graduándolos lo mejor posible, sólo alcanzo a ver a través de la mitad de cada uno, la otra mitad queda cubierta por una espléndida perspectiva de mis brazos, con lo que no alcanzo a ver el coche que tengo justo detrás.

Tomás Pérez


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