HARLEY DAVIDSON SPORTSTER XL 1200 CUSTOM A: Su nombre es Rock'n'Roll
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Esta moto tiene un alma muy especial, sobre ella encontrarás un ritmo y electricidad sólo comparable al de las seis cuerdas. (Sigue Leyendo)
Jose Angel Lorenzo
Ficha: 41 años, 72 kilos, 1,70m
Nivel: Mucho farra, mucha Kustom Kulture y muchos hierros. Ya no corro que es de cobardes. También soy monitor de conducción custom.
Me pregunto cuántos de los que comenzáis a leer esta prueba lo hacéis desde el punto de vista de una Naked, por ejemplo. Si es así, no te llames a engaño, no sigas. Aquí, en este grasiento rincón, en nuestras pruebas de hierros de la Kustom Kulture carece de valor que roces con las estriberas para emitir una opinión. Tampoco es determinante si la posición es de tal modo y debería ser de otra manera. No te confundas. Es un acto de fe y nuestra creencia es la que es, o crees en ella o la detestas, no hay término medio.
Con éstas motos no correrás como si quisieras hacer un minuto en menos de 60 segundos, tampoco lo pretendemos. Pero ojo, correr, corren.
En este hierro se huye del negro solitario; se adorna con colores vivos, brillantina y cierta estética setentera sobre una imagen Bobber, generada principalmente por su Donut delantero. Hay un modelo en el que es especialmente llamativo montar un neumático de generosas dimensiones delante, ese es la Sportster.
Hace diez años que tengo una, la Nieves, soy un enamorado de este puñetero modelo, pero no pienses que sólo te voy a contar virtudes, en absoluto, porque sus defectos son los que me castigan y sus imperfecciones las que me enamoran, su negra alma es como la de una hermosa bruja, hechicera y poderosa, pero cruel con tus sentimientos.
Cuando me presentaron a esta princesa de la magia negra se me pasó por la cabeza lo que a casi todos: ¿se notará mucho la rueda gorda en su comportamiento? Tras alabarle su aspecto y notar que la llave en mi mano arde en deseos de ser introducida en su contacto, salgo disparado sobre ella como alma de lleva el diablo, busco por campos cercanos una serpiente y en las curvas de sus escamas de asfalto me doy cuenta que el ruedón no machaca su siempre mejorable horquilla, por el contrario, le confiere un tacto agradable y sin duda eficacia.
La escapada es breve, me fastidia, porque me promete cosas que mi Nieves no me da, se moriría de celos si viera que incluso el tanque de gasolina, no siendo un Peanut, me gusta, a mí, que más de cien veces he dicho que una Sportster con otro depósito es quitarle su personalidad. Cuántas veces me pierde la boca. En cualquier caso es la primera vez que este tipo de depósito me encaja en un conjunto así.
Definitivamente debo volver a la urbe, el Rock Palace es el lugar de mi reunión para esta tarde, sumidero de quemados del rock en cuyos locales ensayan los componentes de la más variopinta fauna guitarrera. El sitio es céntrico, cerca de la estación de Atocha, por tanto hay una gran densidad de latas alicatando las calles, no obstante la moto se comporta magníficamente, su manillar plano y un tanto estrecho es una maravilla para culebrear y pasar entre coches, algunos de sus conductores apenas notan que una sombra pasa a su lado, hubiera estado mejor despertarles de su letargo de anodina realidad con el hermoso sonido que es capaz de emitir este 1200 cc de la MoCo. Pero de serie hay que conformarse con la muy legal afonía de sus colas. Haciendo juego con los colores del garito se queda la moto, mientras me dirijo a la barra del bar observo los tatuajes del camarero, toda una carta de presentación del tipo, con menos ganas de conversación que un político ante un juez, me saluda con una mueca y espera mi petición. Tomo el tercio y me voy a los locales de ensayo dónde me esperan los cuatro personajes con los que me he citado. Unos tipos que conozco desde los tiempos del instituto en los Salesianos de Atocha; por ironías del destino y por gracia de su común gusto por el heavy se unieron sus caminos. Se llaman Mateo, Juan, Lucas y Marcos, como los cuatro escritores bíblicos, fue el detonante para hacerse llamar los “Evangelistas”. Ellos no han escrito un libro, su fe en el rock’n’roll es tan grande que no cabría en él.

Recuerdo las “pellas” refugiados en la cercana bodega del Maroto, hablando de música, de sueños y de motos, mientras, Rafa Pascual hacía sus pinitos como jugador de voleibol en el equipo del cole, él acabaría siendo unos de los mejores deportistas de la historia de este país. Qué caminos tan dispares.
Entro a la sala de ensayo en mitad de una versión del “Ace of Spades” de los Motörhead que haría revolverse en su tumba al mismísimo Lemmy, si no fuera por que afortunadamente no está muerto; cabalgando sobre los frenéticos acordes se llega a intuir alguna maldición de mi genoma y algo sobre mi madre. En aquella burbuja del mundo se concentra más auténtica Kustom Kulture que en cien programas del American Chopper.
Las horas pasan, el sol se pone y los cuatro Evangelistas del Rock, también. Desmontan el chiringuito y cargan una furgo cochambrosa, llena de cicatrices oxidadas, auténticos seguidores del estilo “Rat” sobre cuatro ruedas.
Mientras realizan su pequeña mudanza decido salir a la puerta, me gusta la estampa de la “Sporty” a la vera del garito. Para sorpresa mía me encuentro que un padre de esos que piensan que los niños tienen que hacer lo que les venga en gana para afianzar su personalidad, ha permitido a sus retoños subirse a la moto. Menos mal que el motor ya está frío, de lo contrario, no quiero pensar en los resultados en la piel de los “pekes”. Es una pena que las tonterías de algunos adultos las tengan que sufrir niños. Los churumbeles, niño y niña, se divierten imitando como si estuvieran a galope sobre un caballo, él, además, retorcía continuamente el puño del acelerador. Hablo al padre no sin cierto tono irónico:
-Qué bonita moto tienes.
-No, si no es mía – Responde ciertamente sorprendido.
-Evidentemente, sería un sacrilegio. Entonces no entiendo porqué cojones permites que tus nenes se dediquen a jugar en ella.
El padre camisero a rayas empieza adquirir un tono altivo y a espetarme bobadas sobre legalidades, motos en la acera, moteros y “blablabla”. Tengo un don, el de toparme con tipos así. De pronto la niña, si el chico tiene unos 6 años ella andará por los 8, me espeta en uno de esos tonos de repelencia subida que seguramente le viene de familia:
-¡Pues mi papá ha dicho que podemos montarnos en la moto, tío feo!
Miro a la nena, sonrío con toda la dulzura que me es posible y mientras señalo la puerta del Rock Palace, contesto:
-Claro que sí bonita. Tenéis que estar atentos, vais a conocer a Bob Esponja y Calamardo-.
Los niños abren mucho los ojos y en su semblante se refleja la ilusión luminosa del anhelo de dos personitas que sienten pasión por unos personajes de ficción, en un regalo del destino pueden tener la oportunidad de conocerlos en la vida real. En ese preciso instante por el pasillo que lleva a la calle, aumentado por el efecto bocina de esa particular salida, como un cañonazo se escucha un tremendo eructo, los testigos podemos incluso asegurar que hizo eco con el edificio de en frente. Seguidamente aparecen Lucas, el cantante bajito y regordete, y Mateo, el espigado batería, ambos con su pelo largo, las chupas de cuero y su pinta de extras de Walking Dead. Evidentemente les atribuimos la autoría de los hechos.
La cara de los niños se convierte en un poema, una alegoría del susto encarnada en semblantes infantiles. El padre abandona su actitud y comprende que se ha equivocado de huerto para coger tomates, baja su prole de la moto y desaparece con ellos calle abajo en busca de la seguridad de su cercana urbanización cerrada con cámaras de vigilancia.
Cargada la furgoneta con sus trastos de matar música nos reunimos los cinco en torno a la Sportster, mientras, el humo de unos cigarrillos va coronando la conversación.
Como “puretas” de libro recordamos los tiempos en los Salesianos, hacemos risas y alguien menciona la moto que por aquel entonces era nuestro objeto de deseo: la Virago. Y ahora, tiempo después, rodeamos a toda una Harley Davidson, pero lo más increíble es que la propia marca me la presta voluntariamente. El mundo se va a la mierda.
Diversidad de opiniones con los detalles de la burra, con cada rincón de su anatomía podemos hacer un debate. Gran calidad en los metales, el motor pintado en negro con ese efecto arena que hace que las colas, junto con el filtro de admisión, esa eterna tartera, resalten más al estar bañadas en cromo. Curioso el detallito del grabado en la parte posterior del asiento: “Sportster since 1957”, todo un legado al que se hace referencia. Llantas muy especiales de cinco palos que hacen un pequeño guiño a las que montaban los coches Yankees de carreras de serie de los años 70. Otro elemento intemporal son los intermitentes, esas mandarinas que todo el mundo cambia, hasta tal punto que lo trasgresor es dejarlos. Yo personalmente los tengo tal cual en mi Nieves. Gustos y colores, ya sabéis el dicho.
Dejémonos de historias, hay ganas de fiesta y el garito que los Evangelistas y su MC regentan a modo de Club House, es el lugar ideal para que la noche nos envuelva.
Ellos salen antes con la furgoneta, tranquilamente me pongo casco y guantes, arranco la moto sin dejar de sentir pena una vez más por el sonido que pudo ser.
Nuevamente disfruto de la sensación de sortear coches, qué bien callejea esta moto, el manillar que la marca titula como del tipo “Drag-Stipe” le confiere un manejo endiablado, el motor esta lleno en cada una de las marchas, es dinámico y te puede llegar a ocurrir que no tengas claro que hierro tienes engranado. El tacto del embrague no es como el de mi Nieves, no es tan fácil que te someta a la tortura infringida por los que se montaban hace diez años. Por cierto, otra vez me encuentro un modelo nuevo de Sportster con unas estriberas que sobresaliendo demasiado, obligando a torcer los pies hacia dentro para accionar los mandos, sigo sin entenderlo.
Uno de esos conductores que rara vez se fijan en lo que hacen, se salta un ceda y se queda en medio de mi carril. Como no me fío ni de mi sombra y le vengo viendo desde lejos, me anticipo a la maniobra, aún así tengo que encomendar mi destino a la frenada, una vez más se agradece la cantidad de goma montada delante. Las Michelin ayudan a unos siempre mejorables frenos, personalmente éstos neumáticos me están gustando más que los Dunlop que venía montando Harley. El tipo del coche se me queda mirando con el gesto del que encima se cree con razón sólo porque tú vas en moto; pienso cual será la manida frase que me soltará, normalmente es un “no te he visto”:
-¿Qué pasa? ¿Tú no te saltas los cedas? – “Pasmao” me quedo, semejante estupidez nunca me la habían dicho.
No me aporta nada quedarme allí, mejor me largo.
Al poco encuentro la furgoneta de los Evangelistas parada por la policía municipal, nada nuevo, la rutina de siempre, las fuerzas del orden ven a unos “pintillas” y les dan el alto para pedir documentación, a la vista de todos, para que el resto de la ciudadanía se sienta más segura. En éste caso veo que el agente es un tipo sobre cuya cabeza alopécica se reflejan las luces de la ciudad, malo, cuatro melenudos y un poli calvo, siempre acaba de la misma manera.
Ni me planteo parar, el motor Evolution de 1200 cc y yo tenemos un ansia que nos come, queremos llegar ya.
El Club House es el hervidero que me esperaba, lleno de gente que siempre, o casi siempre, ha sido lo que han querido ser, un lugar que es una auténtica encrucijada de caminos, dónde algunos salen de la ley y en una misma noche son capaces de volver a entrar, los hay que buscan amor y los hay que sólo sudor.
Pasan las horas y a duras penas consigo permanecer anclado a la barra, la mirada se me va tras los giros de cadera que Virginia, la chica de Juan, le dedica a su evangelista particular y pienso cómo puede tener esta muchacha un nombre tan poco apropiado.
Marcos y yo entramos en una conversación de filosofía motera propia de esos momentos “enzarpados”, discutimos sobre inyección o carburación, él sostiene que con la inyección murió el verdadero espíritu Custom. Bebemos como si no hubiera mañana y respiramos rock’n’roll hasta que nadie se mantiene en pie, definitivamente a lo hecho, techo.
Las punzadas en mi cabeza llegan junto con los sentimientos de culpa, el “nunca más” y los rayos de un sol cabrón que se cuela sin permiso por las rendijas de una ventana. Han pasado muchas horas, algunos cadáveres temporales yaciendo en sofás, el resto del personal ha desaparecido; Virginia en la barra pone en marcha una cafetera de ruido asesino, esta chica es incombustible.
Vuelvo a la vida, a la posesión de unas facultades mentales que nunca tuve plenas.
Fresco como una lechuga espigada salgo del tugurio, me espera el hierro, me acoplo en él como si me lo hubieran hecho a medida, mi metro setenta es la talla ideal para una Sportster. Hay que reconocer que tener una altura considerable no es lo ideal para esta moto.
Unos cuantos kilómetros de calentamiento, surco carreteras que cortan el campo, sin tráfico, sin preocupaciones, poco a poco aumentando el ritmo; es divertida haciendo curvas, estable, pero aún sería más eficaz con unos amortiguadores traseros distintos a los clásicos que siempre monta la MoCo, éstos cumplen un tanto peor su función en curvas largas, tendidas, rápidas. Al entrar en carreteras de firme roto, bacheado, hasta con algo de grava, me gusta el conjunto rueda-suspensión, es como si una diera lo que le falta a la otra.
Tal y como comprobé en la ciudad, el motor empuja con un rango de utilización que hasta te hace perder la cuenta de la marcha que llevas engranada.
Los 17 litros del tanque de combustible me permiten pasar de los 200 kilómetros de autonomía, suficientes para hacer un descanso y seguir tragando millas.
Aprovecho la paz mental y física de un prado para un rato de descanso, pero tengo ganas de seguir al poco tiempo, ¿porqué? Muy sencillo, porque tiene alma, algunas motos tienen alma y la de Sportster es muy especial. Evidentemente cualquiera dirá que hay mejores motos para viajar, probablemente tienen razón, pero también hay gente que dice que es mejor la coliflor que el chuletón, pues sí, pero yo soy un grasiento.
El ciclo de la vida me lleva al principio, el Rock Palace.
Tomás me espera allí, debo entregarle a la princesa y lo hago casi con el dolor de un padre llevando a su hija al altar para que se la lleven de tu lado, ahora le toca a él bailar con ella, sacarle todo el ritmo que lleva dentro, que es mucho, porque su nombre es Rock’n’Roll.
José Angel Lorenzo

Probador 2
Nombre Tomás Pérez
Ficha Técnica: Edad 54, Altura 1,91, Peso 102
Nivel: Subcampeón 2.012 categoría Twin Mac90
En la Soledad de Los Monegros
Fue al final del verano de va a hacer ahora, justamente, diez años. Lo recuerdo perfectamente. Sí, fue durante el viaje de vuelta de unas vacaciones, con una berlina cargada de maletas, dos chicos cansados y una mujer adormilada por ese particular contraste que forma la brisa artificial del aire acondicionado con el sol tardío de agosto cayendo a través de los cristales.
El testigo de la reserva llevaba ya encendido unos kilómetros, demasiados, mientras cruzábamos las tierras más áridas de Aragón. Finalmente, una gasolinera averiada me obligó a abandonar, con cierta inquietud, la gran autorruta en busca de un repostaje rural, una búsqueda que nos llevó, sin darme cuenta, hasta el mismo corazón de un viejo conocido:
Bujaraloz.
Cuando identifiqué la silueta de las primeras casas, afloraron al instante en mi memoria recuerdos grabados en otros tiempos, que más allá de los siete lustros que los habían enterrado, se me antojaban en aquel momento casi de otra vida. Había vuelto a la capital de los Monegros, una parada siempre obligada en medio de aquel desierto tan hispano. La Nada Aragonesa.
Una parada tradicional en medio de ninguna parte.
La mirada a un lado y la carretera, recta como la proyección del rayo láser; la mirada al otro, y lo mismo: la ruta se estrecha y se pierde en la perspectiva caballera por el camino más corto hasta la franja que reverbera y sobre la que se adivina el horizonte. Un encendedor, de gasolina, por supuesto, y un cigarrillo de Virginia prendido que transmitía en ese expuesto paraje la sensación del cow boy atravesando las tierras rojizas de Tejas, extendidas sobre la inmensidad del Oeste, o la desoladora planicie de la polvorienta Arizona. Un pie sobre el estribo de mi moto, el codo apoyado sobre la rodilla, y vencido sobre él, el tronco para dibujar una actitud contemplativa, deleitándome con esa placentera soledad del motorista solo en solitario concebida en su máxima expresión.
Pero esta vez, al atracar mi nave, con toda la carga familiar en sus bodegas, junto al poste de gasolina en Bujaraloz, me encontré con una imagen inesperada, con todo su añejo sabor, que me devolvió a aquellas paradas obligadas en medio de la Soledad Motociclista más genuina que, probablemente, uno pueda vivir sobre la Piel de Toro. Un personaje ataviado con vaqueros y una chaqueta de cuero negro, muy particular por el aire rancio que destilaban su corte y sus formas. Ceñida a la cintura, recogida sobre el talle y cruzada sobre el pecho, me sugirió a algunas más antiguas incluso de la que yo mismo usaba en aquella época remota en la que me sentí, como nunca, un solitario motorista. Sobre los hombros y los codos unos refuerzos superpuestos y cosidos a base de un sencillo añadido recortado en la misma piel y mostrando un entramado de rombos grabados al modo de un mullido sofá clásico. Al cuello llevaba anudado un pañuelo corto y rojo sobre el que se adivinaba alguna serigrafía y de su mano colgaba un casco abierto con su hueco relleno por el resto del atuendo. Sacó de él unos guantes, negros también, finos y con agujeros en el dorso; se acopló el casco jet sobre la cabeza, con unas gafas de vidrio alzadas sobre el frontal, esperando al último momento para bajarlas y ajustarlas sobre sus ojos. Luego giró la llave de contacto y, puesto a su lado izquierdo, tomó su moto por el manillar, aún sin subirse a ella. La moto era sencilla, discreta y desde luego clásica, con el mismo aire rancio que transmitía su motorista.
Al alzar la pierna sobre la palanca de arranque, quedó al descubierto una bota de media caña, negra también, con el obligado refuerzo sobre el empeine. Una elevación del cuerpo y un impulso con decisión, dejándose caer sobre la palanca, hasta que un sonido, con una leyenda de ciento diez años grabada sobre sus notas, se dejó escuchar bajo la visera de la gasolinera.
Aquel personaje posó su trasero sobre el escueto sillín, corrió la cremallera de la bolsa amarrada al depósito y tomó aire, dejándose invadir, probablemente, por rítmico petardeo de su motor. Se ajustó las gafas. Luego pisó la palanca del cambio, y acto seguido soltó el embrague para verle desfilar justo ante mí, y mi cuadro familiar, con la marcha que marcaba el pausado tamborileo de sus escapes. Se detuvo frente al stop de la carretera. Miró ceremoniosamente a su izquierda y finalmente aceleró pausadamente, como si el gas fuese un instrumento musical, para perderse lentamente mientras extendía su sonido de leyenda por toda la planicie.
Aquella imagen retenida en mi retina, aquella del solitario motorista perdiéndose en la inmensidad de Los Monearos, fue exactamente la misma que recordaba de mi juventud: El motorista solo en solitario, sí, o lo que resulta más aún: La pura esencia de la ruta.
¿Y la moto? Ah, sí, claro… La moto.
La moto de aquel personaje era una Sportster.
La Posición
Tratemos de hacer una escala de posiciones desde el cero hasta el diez dentro del mundo custom. Pongamos que la posición cero la marca una moto clásica, o neoclásica, como puede ser, por ejemplo, la Triumph Bonneville, y que la posición diez queda delimitada con las manos cogidas a un manillar montado sobre largas torretas y los pies posados sobre unos mandos avanzados, casi casi los de una chopper. En ese caso, podríamos decir que la posición de esta Sportster 1200 se sitúa en la graduación 1/1,5 de esa particular escala custom.
Sí, lo cierto es que en todo momento esta Sportster le transmitió, a un servidor particularmente, la sensación de una moto clásica con una fuerte intensidad. Y sí, mi otra forma de medir la posición de una custom, que es, ni más ni menos, que la franja del trasero que se me queda dormida con los kilómetros por la falta de costumbre en este tipo de motos, en este caso existió, aunque, eso sí, bastante, bastante estrecha; casi una escasa línea.
Esto en cuanto a la posición longitudinal, en cuanto a la transversal…, me voy a explicar mejor porque parece que estamos en una clase de geometría. En cuanto a la anchura, la de los brazos resulta tan cómoda como natural. Y en cuanto a la de las estriberas, pues, como en otras Sportsters, es muy particular, una posición particularmente ancha a la que, honestamente y desde mi visión de quemado, no le encontraba ningún sentido; aunque, claro está, imaginaba que tendría alguna razón de ser, porque, sencillamente, el mundo custom es muy personal… es otro mundo en muchos aspectos, sobre todo en el de la posición sobre la moto.
El caso es que en una salida de fin semana, una de las que hago de vez en cuando con el grupo KMZ (Harleys de Madrid), me tocó ir detrás de dos Harlystas subidos en sendas Sportster, ambas montaban las mismas estriberas que la que yo conducía y fue cuando al verles recordé ese cierto abandono con el que algunos conducen sus cerdas. Sí, me refiero a ese abandono queriéndose olvidar de cualquier concentración que les exija abandonar ese largo momento placentero del que disfruta en marcha sobre su cerda. Es esa actitud, tal vez quedaría transmitida en un mensaje que dijera algo así como: “Llévame y no me incordies. No me obligues a estar totalmente pendiente de cómo tengo que llevarte. No me obligues a ir sujeto, apretado contra ti. No me obligues a hacer ningún esfuerzo para conducirte, simplemente llévame y déjame disfrutar”.
Bien, pues eso parecían decir mis compañeros de ruta, colgándose literalmente del manillar, con los brazos y los hombros sueltos, y, sobre todo con las piernas abiertas, apoyando el tacón de cada bota en el extremo más sobresaliente de la estribera y con las puntas abiertas en ángulo como el freno de un esquiador.
Creo que entonces comprendí la razón de ser de estas estriberas tan exageradamente abiertas, exageradas en apariencia.
Sportster 1.200: La Moto clásica
La moto de siempre en solitario, como he explicado al principio. Para los que vivimos en el centro de La Península, existe una carretera que, sin llegar a resultar desconocida, tampoco se puede decir que sea muy popular; una carretera en la que uno se puede encontrar con esa pretendida soledad en un páramo, que no es que se halle perdido en ninguna inmensidad, pero sí transmite, como la que más, una sensación desoladora. Hablo de la carretera que une dos ciudades con tanta carga histórica como son nada más que Aranjuez y nada menos Toledo. Allí, tras dejar a la espalda una gravera de aspecto postnuclear, me detuve, otra vez más, en medio ninguna parte. Contemplé la silueta de esta Sportster recortada contra la aridez del panorama, y a pie de ruta, escribí estas letras. No lo hice porque sintiera que llegara mejor la inspiración, no, lo hice por puro sibaritismo. Me detuve allí para sentir con toda la intensidad dos placeres muy especiales:
Escribir rodeado de la paz que cubre el páramo y vivir una vez más la Moto en solitario.
El Motor
Un propulsor muy completo, potente y desde luego muy lleno en toda la gama. Un motor enorme, aun siendo de la serie pequeña fabricada por la marca. Insisto en el calificativo, “enorme”, después de haber probado ya dos Screamin Eagle de 110 pulgadas.
Este 1.200 se siente con fuerza desde abajo, como no podía ser de otro modo, pero ese empuje también se prolonga a lo largo de toda su entrega, hasta el máximo de revoluciones. La Sportster 1200 corre, corre mucho. Adelantas a los coches con una facilidad pasmosa en las carreteras de doble sentido, incluso a varios a la vez, si es que lo quisieras o necesitaras en alguna situación comprometida.
La Sportster 1200 corre más de lo que desearía el más quemado de los harlystas, y si es que las prestaciones de esta moto no fueran suficientes para alguno de ellos, tendría que revisar mi concepto de “harlysta”, después de haberlo acuñado durante casi cinco años a la sombra, el abrigo, la tutela y la paciencia con la que un montón de amigos –algunos de los más recalcitrantes- pertenecientes a ese gremio de La Moto han respondido al bombardeo de preguntas al que les he sometido, les someto todavía y les seguiré sometiendo mientras continúo aprendiendo más y más acerca de este personalísimo planeta de La Moto, el de Harley.
En marcha
Ya son varias las Sportster sobre las que he hecho la prueba, incluyendo la divertidísima XR 1200 X. Podemos vivir esta parte en varios apartados:
-Los amortiguadores traseros –lo comentamos cada vez que probamos una- muestran una ineficacia tan manifiesta que la mayoría de los usuarios de esta familia termina cambiándolos con el paso de los kilómetros.
-La suspensión delantera cumple, sin más, si la comparamos con una moto clásica, por ejemplo, y está dentro de la media (dejando siempre a un lado el confort y mirando solamente la capacidad de absorción y estabilidad) del mundo custom. Con un poco más de precarga (muelles más duros o, simplemente, aplicándola con suplementos sobre los de serie) pienso que quedaría más equilibrada con respecto a lo que la moto en sí es capaz de desarrollar.
-La frenada delantera es más que aceptable, está bien dimensionada para las prestaciones y el peso de la moto. Cuenta con el apoyo extra de la anchura de la goma, que aunque llegue a bloquearse en seco, no pierde la trayectoria así como así, gracias precisamente a esa anchura.
El que no pierde la trayectoria recta, a menos que atravieses la moto con el manillar, es la rueda trasera bloqueada. Puedes hacer con ella metros y metros clavada mientras sigue fiel la línea que marca la delantera. Tuve ocasión de probarlo sobradamente un día de lluvia.
Pegas
1.- Tira medio litro de gasolina, o más, si la llenas hasta la boca y la apoyas inmediatamente después sobre la pata.
2.- Los espejos ofrecen un escaso campo de visión. Aun graduándolos lo mejor posible, sólo alcanzo a ver a través de la mitad de cada uno, la otra mitad queda cubierta por una espléndida perspectiva de mis brazos, con lo que no alcanzo a ver el coche que tengo justo detrás.
Tomás Pérez
CHICHA TECNICA
El Motor: Es el conocido Evolution de dos cilindros en V de 1202 cc y refrigerado por aire que viene dando guerra desde 1984, también llamado Blockhead, aunque puesto al día con una alimentación por inyección electrónica secuencial. Tiene un diámetro de 88,9 mm y una carrera de 96,8 mm, con una relación de compresión de 10:1 y un par de 98 Nm a 3200 vueltas.
El sistema de escape es cromado escalonado con silenciadores slash-cut
Transmisión: La primaria es de cadena, pero la secundaria por correa de goma dentada.
Las Ruedas: Tanto la llanta trasera como la delantera de radios en acero cromadas, con 5 brazos en fundición de aluminio, sobre las que van unas gomas Michelin con unas medidas de 130/90B16 M/C 72H delante y siendo la trasera 150/80B16 M/C 77H.
Los Frenos: te tienes que encomendar a un disco delantero con pinza de doble pistón y de un solo pistón en el trasero.
Las Medidas: Tiene una longitud de 2.215 mm y una distancia entre ejes de 1.520 mm, el asiento esta a 710 mm del suelo, por cierto, la distancia libre entre el motor y el suelo es de 110 mm. El depósito tiene una capacidad de 17 litros y el peso de todo el hierro lleno de líquidos es de 260 kilos.
La Pasta: En concreto este modelo que hemos probado
12.500€
