KTM Freeride Eléctrica - Descendiendo
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En Bajada
Como para la subida, en este apartado también he recibido repetidamente una misma pregunta: ¿Retiene algo en bajada la Freeride eléctrica? La respuesta es clara y directa: No. No retiene nada en absoluto. Sí es verdad que hace una leve oposición al intentar arrastrarla hacia atrás, pero no se trata de un impedimento para cualquier maniobra de garaje ni tampoco de un recurso para apoyarse en una fuerte rampa de subida.
La Freeride E es una bici de 95 kilos en bajada. Efectivamente, para un servidor, que las únicas entradas en la tierra que ha vivido en los últimos años han sido a bordo de los mastodontes maxitrail, que desplazan tonelajes por encima de los dos quintales, la Freeride E le ha resultado, simplemente eso, una bici. Y a fe que es cierto que en algún momento me sentí, salvando las distancias, sobre la mía de montaña descendiendo del Pico de la Najarra (Guadarrama). Para subrayar esa proximidad en bajada entre esta Freeride eléctrica y una bicicleta de descenso actual, baste decir que KTM nos preparó como colofón, y no sabría decir si como plato fuerte para un servidor, el descenso por una pista alpina para bicis, a la que los ciclistas ascienden mediante el remonte invernal del esquí. Una pista roja y otra azul –no vi si aparecía alguna más: Bastante tenía con mantener la concentración sobre el frente, por la pista azul, por supuesto-.

La Freeride E no retiene nada, en efecto, y la fórmula para abordar con ella una trialera de descenso, desplazando encima de ella esa masa de 120 kilos -e imagino que con menos también- es la de llevar presionada la maneta izquierda (Freno trasero) permanentemente, con la rueda arrastras en los puntos más comprometidos, para frenar verdaderamente con la maneta derecha. La Freeride E se adaptaba a los peraltes de madera de un tirón, en un solo gesto del cuerpo y del manillar, con tal naturalidad que parecían estar diseñados también para acoger su transición por ellos. Por los pasos estrechos, roderas con un ancho como la huella del neumático, con pendiente a un lado y caída al otro, la Freeride E fluía con una soltura felina y a veces parecía volar para comprometer mi salud cardiovascular; aunque, la verdad sea dicha, a esas alturas ya no me quedaba mucha sangre en el cuerpo, después de tantos tragos de saliva como los que me obligó a dar mi instinto de supervivencia.

Bien. Me dejo el trance más vertiginoso de la mañana para el final. Otra muestra, en un escenario exigente para las aptitudes de la Freeride E en bajada. Fue a media mañana, cuando el guía se detuvo tres o cuatro metros por delante de mí, frente a un panorama que desde mi posición no alcanzaba a ver porque se antojaba, simplemente, como el mismísimo vacío. Se volvió hacia el grupo para decirnos que le siguiéramos, que sería muy divertido, y al momento le vi desaparecer hacia abajo en un solo gesto, tal y como si cayese, con otro compañero que se lanzó pegado a su aleta trasera. Visto aquello, avancé con cautela dos, tres metros. Tomé aire. Lo contuve. Y me dije: “Si ellos se han tirado, ¡qué carajo!, yo también me tiro.” Abrí gas sin mirar al abismo que se iba abriendo a mis pies y justo en el momento en el que mi rueda delantera iba a precipitarse por la pendiente, escuché decir a mi lado: “Yo por aquí no bajo”. Por un momento sentí rilar las piernas, los brazos…, y también la mandíbula. Pero ya no había remedio: Ya había dejado atrás el punto sin retorno. Entonces apreté los dientes y recordé y adopté la mentalidad de La Superbajada, de hace más de 20 años. La Freeride E comenzó a deslizarse por aquel tobogán alpino con la misma naturalidad con la que se adapta a otros terrenos por los que transité con ella. Un servidor se limitó a estirar los brazos por completo, a agachar el cuerpo y a colocar el trasero sobre el piloto rojo de la moto. Enseguida el pánico dio paso a la cautela; en un segundo, la cautela al disfrute; y en mucho menos, el disfrute fue arrollado por el frenesí más desatado. Fue como si de repente hubieran abierto al completo la espita de un goteo en vena de pura adrenalina. ¡Dioooosss! ¡Fantástico! Y aquella sensación tan eléctrica, tan intensa, me llevó a descubrir que la Freeride se sentía más estable aun ¡abriendo el gas en plena Bajada del Vértigo!
Al llegar a tierra firme, deseé volver a tirarme otra vez, y otra más y más por aquella eterna rampa de El Tirol, que resultó ser una pista de descenso de esquí.
