Prueba a fondo Triumph Tiger 800 XC - Probador 2

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una de Tomas
 

 Probador 2

Tomás Pérez

Ficha: 53 años, 107 kilos, 1,92m. 

Nivel: Piloto habitual del nacional de raids y de los regionales de enduro en los 90.

  Corría el año de Nuestro Señor de 1993, tiempos de crisis, aunque aquélla, post Exposición y postolímpica, con más pompa y solemnidad, digamos con más glamour, que la que estamos atravesando ahora. Me había inscrito en un enduro que evocaba sus tiempos de leyenda internacional; tiempos en los que el propio Steve Mc´Queen, icono de la marca que hoy traemos a Super7, también lo corrió.
bajada reduc

Hablo del Enduro de El Escorial.

Para aquella ocasión contaba nada menos que con mi flamante Yamaha WR 250, una moto tan excitante entonces que levantaba la admiración entre el resto de los pilotos; tan exclusiva, incluso, que quien aparecía tras de mí en la lista de espera del importador francés era un tal Carlos Mas. Una máquina única, con suspensiones contorsionistas, ideal por su precisa tracción y casi perfecta por su liviana esbeltez (103 kilos).

A media carrera y después de dejar atrás la infame placa de hielo que cubría “La Cuesta de Los Burros” -gracias, desde luego, a la samaritana ayuda de unos fervientes aficionados- y después también de coronar una mediana colina, me asomé a la ladera de la montaña, alfombrada por un verde alpino, jaspeado por el blanco traslúcido de una nieve deshecha y empapada por ese mismo y pausado deshielo. El desnivel se mostraba intimidante y la inmensidad de su altura dibujaba abajo, en lo profundo, dos automóviles como un par de gominolas, una blanca y otra roja, sobre un camino negro y embarrado.
No lo pensé dos veces, ataqué la bajada con la magnífica WR deslizándome en un abierto zigzag. Cuando comprobé que la pendiente era más o menos regular, comencé a animarme hasta alcanzar un ritmo excitante, inverosímil para alguien que se aventuraba por primera vez en el Campeonato de España. ¡Era fantástico!: La Yamaha descendía por la ladera como el experto esquiador de un slalom gigante. 

Pero precisamente en ese momento, cuando más entusiasmado me sentía con mi desenvuelto pilotaje y cuando me envolvía un aire de superioridad en mi particular reto contra la gravedad, escuché tras de mí un sonido imposible en aquel escenario. Algo de locos:

subida reduc

Una bocina proyectando sobre mi espalda un tímido pitido. ¡Pidiendo paso!
Me aparté ligeramente de la línea ideal y me vi rebasado de inmediato, como una exhalación, por un piloto muy menudo a lomos de una moto tan descomunal como estrambótica: ¡Nada menos que una Suzuki DR Big 800 con matrícula de Barcelona!
Para hundirme más en la miseria, aquel tipo aún tuvo tiempo para girar la cabeza y darme las gracias con una voz de soslayo antes de lanzarse montaña abajo, sin quiebros ni zigzag, a tumba abierta como un policampeón del descenso.

Aquella escena de la DR Big me puso en mi sitio de una forma humillante. Yo con una máquina que era la envidia de buena parte de los pilotos privados y aquel virtuoso catalán con una moto considerada como un verdadero botijo por cualquier purista del enduro. 

Y se preguntará el lector por qué le he contado esta historia, el porqué de una introducción tan larga. Bien, pues porque ahora esta Tiger 800 XC me ha hecho revivir de inmediato aquella escena: Una afrenta que me ha humillado igual o más que aquélla sufrida antaño.

Antes de empezar a escribir me estaba preguntando cómo podría abarcar en un texto toda la capacidad que muestra esta Tiger fuera de la carretera, cómo transmitir al lector lo lejos que se divisa su límite en este terreno desde la perspectiva de un aficionado a las motos mixtas, o todo camino, como tal vez se pretenda definir a esta fantástica off road.

lateral arriba Reconozco que cada vez que me encuentro ante la prueba de una maxitrail o uno moto de aspecto semejante al que muestra esta Tiger, siempre lo hago bajo el punto de vista del rutero que se asoma al campo, que se aventura por un camino o que incluso se atreve a darle gas, cruzándola o viendo cómo despega la rueda delantera en algún badén de la senda y poco más, pero que nunca lo hace bajo una mentalidad de raid y mucho menos de enduro. Un detalle que rubrica este punto es que con algunas motos ni siquiera he cambiado el casco de carretera por el de cross.
Bien, con la Tiger 800 XC no es así. Esto no vale, y te lo muestra bien a las claras en cuanto abordas la más mínima irregularidad.
Tuve ocasión de comprobarlo cuando abandoné el asfalto, con la idea de hacerlo sólo por un momento, y abordar un campo de encinas labrado por la maquinaria más potente, a juzgar por la llamativa profundidad de los surcos, y desde hacía meses, comprobando la dureza de cada pequeña loma que se levantaba sobre ellos. En definitiva, unos doobies silvestres, aunque algo más juntos y pequeños que los diseñados para las pistas de SX.

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