Que bailen Las Gordas. Ultra & Vision
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No se trata de una novela corta, tampoco de un reportaje, ni siquiera de la comparativa que se puede sugerir al poner frente a frente dos gigantes de la carretera como son la Harley Ultra Classic y la Victory Vision. Es algo diferente,tal vez extraño, pero desde luego inédito en el mundo de La Moto. El aficionado juzgará si vale la pena su lectura (Leer esta historia).
Este relato está protagonizado por personajes fruto de la ficción del autor, una imaginación que ha tejido esta trama inspirada en una realidad motociclista.
Poco más de media hora antes, Moriwoki había recogido en el concesionario una lustrosa Harley Davidson Ultra Classic, lacada en un azul marino y con un fondo metálico que jugaba con el sol de mediodía reflejando sus rayos en una ruleta rusa al gusto, según la rotación que se quisiera dar a la mirada. Una pintura, carísima sin duda, que justificaba parte de los 27.000 euros que cuesta este emblema rodante de las Bellas Artes.
Antes de detenerse en su bar favorito, La Esfera, para tomar un café mientras garabateaba las primeras impresiones, había tenido el tiempo justo de pasar por casa y recoger una muda, la bolsa de aseo y un traje de agua, junto con la libreta, el estuche de las plumas y la cámara que, como el carné de identidad, le acompañaban en todos sus viajes. Escribía sobre el sonido de esta Gran cerda, y decía que era sin duda la música Harley más pura que pueda pasar hoy día por la dura vara de medir que aplican las homologaciones europeas. Sonido Harley en una posición de particular definición, que Moriwoki aún no era capaz de concretar.
Se hallaba en ello, buscando los adjetivos o una similitud en cualquier otra moto o una postura sobre una silla, sillón o taburete que facilitara al lector una puesta en situación, cuando irrumpió en el bar, reculando y encapuchado, un individuo ataviado con sudadera negra suburbial y un emblema cadavérico grabado sobre la espalda. Al volverse frente a la barra, el tipo completó su aspecto siniestro con una barba cerrada y salvaje, tocada por unas gafas de cristales oscuros montados sobre un molde cuadrado de pasta, más oscura todavía, bajo la que ascendía la columna de humo que arrancaba de un cigarrillo liado, prendido en sus labios. Soltó sobre la barra un casco, o más bien un cascarón –ya habrá adivinado el lector de qué color-, que, entre otras, lucía una pegatina contracorriente en la que se podía leer:
“Soy un puto pakete”.
Aquel personaje se acodó sobre la barra en actitud hastiada y desganada, con la mirada ajada, sombría -probablemente como huella de varias noches de mal vivir- y con un tono apagado que sugería un estado más allá de la mera tristeza. Parecía de vuelta de ninguna parte y sin rumbo hacia ninguna otra. Un ser humano anclado en la gran encrucijada de su vida, como el pasajero perdido en uno de esos grandes aeropuertos que sirven de transbordo a cualquier rincón del planeta.
Bebió la cerveza con deseo, sintiendo cómo su frescor le calaba hasta los pies, y se secó la espuma atrapada en el bigote con el dorso de la manga. Después se giró lentamente hacia la mesa sobre la que escribía Moriwoki para dejar anclado su codo izquierdo sobre el mármol de la barra.
-Oye, perdona –el probador levantó la mirada del cuaderno y le observó sobre sus gafas de presbicia. Estaba claro que se dirigía a él.
-¿Esa gorda que hay ahí fuera es tuya?
Preguntó apuntando con la mirada a la Ultra Classic a través de la cristalera que se abría tras la espalda de Moriwoki.
-¿Gorda? ¿La moto? No, no es mía…, pero, vamos… la he traído yo.
Aunque su aspecto y el tono dejado de su voz rasgada pudieran dar una imagen intimidante, no transmitía la impresión de ser peligroso, ni tampoco la de un tipo que buscara problemas. Lo que sí despertó en Moriwoki fue una irresistible curiosidad.
Dio otro severo trago a la cerveza que dejó temblando la copa, y volvió a dirigirse a él, esta vez para hacer un cometario arrastrando las palabras y rasgando aun más la voz.
-Pues que sepas que esa chupa –refiriéndose a la chaqueta de cordura que descansaba sobre el respaldo de una silla- no le pega nada a esa cerda.
Moriwoki se justificó argumentando el sentido práctico de la prenda, provocando la sonrisa lastimera del barbudo, hasta que concluyó rematando sus razones:
-A lo mejor lo dices por la publicidad que lleva cosida… Bueno, es que trabajo para una revista, trabajo para Super7…
El tipo de la capucha sonrió con mayor intensidad durante dos segundos más y después le replicó con un forzado desdén:
-Venga, ¿no tienes otra cosa que ponerte?
Moriwoki carraspeó al sentirse arrinconado, siguiendo la corriente para satisfacer su curiosidad.
-Bueno, tengo una cazadora vaquera; eso sí, es para moto, con protecciones en los hombros, en los codos y en la espalda, y con un tejido antiabrasión…
El probador comenzó a sentirse un tanto ridículo mientras que el barbudo le miraba con una descarada condescendencia, hasta que tomó su copa de cerveza para elevarla firmemente e irrumpió con un extraño brindis.
-¡Pues que bailen Las Gordas, joder!
Moriwoki, empujado por una pusilánime cortesía, levantó su café en correspondencia, a pesar de no entender absolutamente nada. Sin embargo, la curiosidad por descubrir cuál era la historia de aquel personaje, de apariencia transgresora y sin duda novelesca, le llevó a prolongar la conversación. Se acarició la barbilla y acto seguido extendió la palma de esa misma mano para preguntarle.
-Y dime, entonces, ¿cuál es tu moto? ¿Es otra gorda?
El barbudo se echó hacia atrás para poder proyectar en un solo impacto su risa insinuante, como si el que acabara de hacerle la pregunta fuese el más pasmado de los ilusos.
-¡Claro! Adivina cuál es. ¡Ja! No te la puedes ni imaginar.
Moriwoki repasó con la mente y, finalmente, le mostró un gesto ignorante. El encapuchado le miró entonces como si le asistiera la aplastante seguridad de conocer las respuestas completas a Las Grandes Preguntas. Remató su cerveza, se secó otra vez el bigote con la manga de la sudadera y terminó pronunciando un imperativo monosílabo:
-Ven.
El probador le siguió y cruzó tras él el umbral de La Esfera para descubrir una máquina creada por la fantasía de los cincuenta y traída sobre dos ruedas hasta el siglo XXI de la mano de una marca americana:
Victory.
Allí plantaba su estampa, desplegando sobre la acera sus dos metros setenta para atrapar toda la atención de la calle con sus líneas arriesgadas, inspiradas en los tebeos de ciencia ficción publicados en la década que sonaban Elvis y Miles Davis. El barbudo señaló entonces su moto con la palma de la mano extendida y a continuación se giró lentamente para posar sobre Moriwoki una complaciente mirada. Buscaba una repetida satisfacción ante el previsible asombro de quien contemplaba su moto por primera vez; sin embargo, muy al contrario, se topó con el gesto conspicuo de un frío analista.
-Sí, es una Victory Vision –y despegó su atención de aquella nave para dejarla caer lánguidamente sobre su dueño.
Moriwoki acababa de encontrarse, precisamente, frente a una vieja conocida, una moto sideral para él, con la que durante el mes más invernal hizo un increíble viaje atravesando el más crudo de los fríos hispanos.
El barbudo, desconcertado y al borde de la contrariedad, reaccionó como el morlaco agonizante: buscando el apoyo de las tablas.
-¿Volvemos dentro?
Al alcanzar la barra del bar, la actitud de aquel tipo de imagen rebelde había cambiado repentinamente, como si hubiera pasado bajo una de esas cortinas de agua que aplacan el calor de cada corredor urbano en una carrera popular. El temple de su cara se tornó repentinamente gris, su sonrisa, suficiente y en momentos socarrona, se disipó en dos segundos y la planta de pasota que marcaba su esqueleto se descompuso para mostrar una figura desmadejada, entregada al más completo de los abandonos.
-¿Sabes qué, amigo? –confesó- Hubo un tiempo en que sólo pensaba en navegar, de hecho, sin darme cuenta, abandoné mi familia por la mar. Y ahora tengo esa burra porque me transmite una sensación parecida a la de un velero sobre dos ruedas.
Moriwoki había captado el cambio, claro está, e inevitablemente, se sintió como un estúpido culpable, por lo que trató de poner cierto remedio a la situación. Observó las señas grabadas sobre el rostro de aquel individuo de la sudadera que rayaba la cuarentena: Un buen probador de motos no tiene por qué resultar un nefasto sicólogo, al fin y al cabo, su trabajo se basa en entender la esencia que encierra cada modelo para proyectarlo sobre el espíritu del motorista apropiado. El caso es que la apariencia de aquel tipo no definía ni una personalidad atormentada, ni tampoco una vida intempestiva y contracorriente, tal y como alguno hubiera podido presuponer. Una faz limpia de secuelas y que, sin embargo, proyectaba en el semblante la marca de un profundo dolor, como el fondo imborrable de un lienzo. Tan sólo una pregunta, tal vez ocurrente, tal vez estúpida por inoportuna, salió de la boca de Moriwoki.
-¿A dónde vas?
El barbudo pulverizó una sonrisa a través de la nariz, sacudió la cabeza hacia abajo, tal vez lamentándose, y respondió con otras dos preguntas:
-¿Qué adónde voy? Ja ¿Adónde vas tú?
Moriwoki se sorprendió, aunque sólo por un momento. Después se encogió de hombros y respondió:
-No lo sé. La verdad es que no me importa demasiado, sólo estaba buscando mentalmente varios sitios llamativos en los que hacer el reportaje de esa Harley. Ya te digo: No lo sé y no me importa demasiado.
Ante una sinceridad tan meridiana, el rebelde apagado respondió de forma enigmática.
- Yo voy al Sur.
- ¿Al Sur?
- Claro: La gravedad siempre te lleva al Sur. ¿No crees?
Se quedó mirando el rostro ambiguo del probador y añadió.
-A mi me llaman El Nota.
- Ah, ya. El Gran Lebowski.
-No, no. Mi mote es anterior a la película de los Cohen.
-Entiendo, Nota… En fin, me tronchaba viendo a Jef Bridtges con la bata, las pantuflas y la pava de aquella especie de porro cogida con una pinza.
Bien, pues a mí me puedes llamar Moriwoki. Qué le vamos a hacer, es mi mote desde hace más de treinta años.
-Ah –alargó el rostro en señal de asombro-. Supongo que te llamarán así por alguna por alguna leyenda motera.
-Bueno, no tanto, pero tiene su historia. En algún rato puede que te la cuente. ¿Arrancamos?
La autovía sureña reverberaba con un calor prematuro de Junio que cegaba a los conductores con su resplandor reflejado en el cereal. Apenas cien kilómetros de monotonía como un obligado peaje para escapar de la vorágine urbana, para empezar a adentrarse en una ruta sin itinerario, únicamente con el difuso rumbo abierto hacia el lado austral del horizonte. Parada para repostar los dos cetáceos de la carretera y para suavizar el reseco acumulado en las gargantas de sus motoristas. Antes de cruzar el umbral del restaurante construido al costado de la gasolinera, un personaje de relato costumbrista les salió al paso con un ceceo tan marcado como el tórrido moreno de su tez.
-No “ce” preocupen, que las motos “ce” quedan bien “vihilás”.
Apenas si habían dejado los cascos sobre una silla, Moriwoki resopló:
-No sé cómo lo hago, el caso es que siempre me toca probar las motos de mayor protección con todo el calor, y en invierno, cuando hiela o nieva, las naked.
-¿Las naked? –preguntó El Nota con un marcado gesto de extrañeza.
-Sí… las motos sin carenado, sin protección.
-Ah, ya.
-Las motos desnudas –continuó tras comprobar el efecto de su aclaración-. Pues sí, el caso es que siempre las pruebo en invierno, no sé cómo lo hago.
-Pues en invierno, la mía va muy bien. Hay veces que de noche y con mucho frío se agradece casi como un coche.
Moriwoki levantó las cejas sorprendido por un recuerdo que había emergido en su pensamiento desde su encuentro con El Nota.
- No es verdad… -y quedó pensativo.
-¿No es verdad el qué?
-Que sólo haya probado nakeds en invierno. Ahora me acuerdo de que precisamente hice la prueba de tu moto, ni más ni menos, en el viaje más helador que recuerdo haber hecho nunca. Lo titulé “Un Viaje Lunar”.
-¡Vaya, eso sí que es una sorpresa! Ahora entiendo por qué no te he impresionado cuando te he enseñado mi Vision en el bar. Así que ya la has probado…
Moriwoki asintió con el reconocimiento de una absurda culpabilidad.
-Pues, la verdad, me muero de ganas por conocer la historia.
-Bueno… Es bastante larga.
-Soy todo oídos.
-¿Lo dices en serio? ¿De verdad la quieres escuchar?
Moriwoki chascó la lengua, se acarició la barbilla y, finalmente, terminó sacando un bolígrafo de su chaqueta mientras sugería:
-Lo he pensado mejor: Te voy a dar el enlace y lo lees en nuestra página cuando tengas un rato tranquilo. Toma, es éste:
Leer el relato "Un Viaje Lunar"
El Nota se guardó la servilleta de papel en el pecho y continuó hablando de su Victory.
- Lo cierto es que siempre me han gustado las Harley, siempre he soñado con ellas y he tenido incluso algunas que las he sentido como parte de mí mismo, pero terminé renegando de la marca, de su rollo marketing y de su política. Me parece intolerable.
- Entiendo, por eso fue por lo que te compraste otra moto, pero que no dejase de ser americana.
-Sí; aunque si te digo la verdad, lo que me hacía más ilusión al estrenar la Vision era escuchar música en ella.
-¿Música? ¿Qué música? ¿Reaguee, punk, rap?
El Nota hizo un gesto instantáneo de rechazo, echándose atrás.
-¿Reaguee, rap? ¡Tú flipas, macho! No, hombre, no. Verás: Esperé a que oscureciera para salir de la ciudad y en cuanto dejé de ver las luces en los espejos, conecté el MP-3 y sonó la música de Pink Floyd envolviéndome por completo.
-El sonido de Pink Floyd en una moto que cruza la noche: Algo fantástico.
-Algo espacial. Sí, algo que se vive en el espacio. Si cierro los ojos, soy capaz de vivirlo ahora mismo.
-Pues cuenta. Cuéntame cómo lo vives. Me interesa.
-Verás –El Nota cerró los ojos y comenzó a relatar lo que parecía ver en vivo gracias a su imaginación de soñador:
Cruzo la oscura realidad que cubre la autopista salpicada por el tenue resplandor de un firmamento estrellado bajo el que un frío espacial se muestra hostil como en ninguna semana del año. Viajo cogido al extenso manillar que me ofrece los mandos de la nave a la altura baja de mi pecho mientras You Crazy Diamond, el primer tema del disco Whish you wehre here de Pink Floyd, me envuelve a través de los cuatro altavoces que me rodean. Me siento pilotando la nave del Capitán Sky en un viaje interplanetario.
De repente, un testigo naranja se ilumina sobre el panel de control y un mensaje digital aparece escrito sobre el cristal líquido del ordenador de a bordo: “Low Fuell”. Abandono la ruta interestelar que me lleva a mi destino, cambio el rumbo y la astronave vira majestuosamente en medio de la noche cósmica para buscar un área de repostaje que pueda aparecer en un planeta como Urano, sobre una luna como Tristán o en el pobre asteroide de Phobos, atrapado desde hace miles de millones de años en una órbita de Marte. Poso la nave sobre la zona de abastecimiento y la contemplo después junto a la cabina de pago mientras el operario somnoliento atina con mi dinero electrónico.
Es en ese momento cuando creo comprender cuál es la imagen que proyecta a todo su entorno esta Victory Vision.
Sí, una moto genuinamente americana que es la pura imagen de la ciencia ficción con cebida sobre dos ruedas.
-Un texto digno de publicarse en el mejor reportaje de pruebas de moto. Y la verdad es que la calidad de su sonido es soberbia
-Sí, pero el equipo de la Vision no sé de qué marca es, no lo he visto escrito en ninguna parte, y el de la Ultra es mejor. ¿No lo has comprobado?
- No, la verdad es que aún no le he dado volumen.
-Pues ya te digo yo que todavía suena mejor. Es un Harman Cardon, desarrollado específicamente para Harley.
Transcurrió casi un minuto mientras Moriwoki se rascaba la barbilla y sostenía la mirada sobre la taza de café. Finalmente la elevó para lanzar, más que una pregunta, una sospecha.
- Una moto así, desde luego no es para eso, pero me da la impresión de que tú eres bastante diferente a cualquier mayoría.
- No te entiendo. Dime.
- ¿La has puesto al máximo alguna vez?
El Nota dejó caer la respuesta con un resoplido de confesionario.
- Pues claro. Una vez que se me cruzaron los cables.
- Ya.
- Fue una noche que volvía completamente solo, con la autopista desierta.
- Aun así, ya sabes qué duras se han puesto las cosas con el asunto de la velocidad.
- Sí, claro –adujo El Nota con un tono irritado-. También por fumar en un garito te puede caer un paquete que te cagas y en cambio, si te ven con el cigarro encendido en una gasolinera cunado estás llenando el depósito, lo más que pueden hacer es regañarte. Si te bebes un pelotazo sentado en un banco, estás haciendo botellón y son 300 pavos de multa; y si te lo bebes un metro más allá, sentado en una terraza, todo es correcto: Eres un señor.
Estoy hasta los huevos del puto moralismo… Sí, de que ese moralismo arbitrario de siempre sea el que rija esta jodida sociedad.
Se abrió un paréntesis de unos segundos, durante los que Moriwoki sintió como si se le desgajara una herida que hacía tiempo que se obligó a sí mismo a cerrar para siempre.
-Bueno. ¿Y cuánto viste en el marcador?
-190. 190 todo el tiempo enroscado al máximo, y en alguna bajada creí ver los 195 –apretó los párpados a medio cerrar-. No sé si quería reventar el motor o si lo que quería era reventarme yo…
-Un motor tan robusto y tan bajo de revoluciones no lo puedes reventar así como así –apuntó Moriwoki ignorando a propósito el extraño dolor de su compañero de viaje.
El Nota dejó la mirada perdida, amargada, sobre un imaginario y desolador vacío.
-Bueno –reaccionó Moriwoki-. ¿Nos ponemos en marcha?
El viaje continuó por la autovía de El Sur, hasta que, después de atravesar un desfiladero cuajado de peñas desde las que dicen arrojaban a los perros, un viaducto de proyección aérea sobre un profundo abismo les llevó finalmente al cruce de una carretera local de buen piso y trazado abierto. El Nota comenzó a alegrar poco a poco la marcha sobre una ruta que mostraba conocer sobradamente. El ritmo creció mientras veía a través de los espejos cómo, grabada sobre el cristal, se inclinaba una y otra vez la silueta de la Ultra Classic. Varias decenas de kilómetros con esa suave danza a un ritmo propio de los amantes de otras motos muy diferentes, hasta hacer una nueva parada.
Una ciudad de corte árabe, Úbeda, aderezada con piedras agrupadas durante El Siglo de Oro, se presentaba como el hito ideal para pernoctar. Durante la cena, El Nota parecía haber tomado un entusiasmo que hubiera resultado imposible de imaginar al final de la conversación anterior.
-¿Sabes? La estética de esta moto me gusta especialmente por una razón.
-¿No será porque te gusta llamar la atención?
El Nota pareció desinflarse al reírse abiertamente.
-No, no; aunque puede haber algo de eso. La Vision me encanta porque es atrevida, transgresora con los moldes con los que parecen hacerse la inmensa mayoría de las motos.
-¿Sabes que su parte trasera está inspirada en un Chevrolet del 57?
-La verdad es que me recuerda mucho a un coche; pero no, no tenía ni idea de lo que me cuentas.
Un trago de vino y de cerveza, respectivamente, al acabar el plato.
-Oye, Nota, ¿y tú has corrido alguna vez, has hecho alguna carrera…, no sé, de velocidad, de enduro, cross?
-¡Qué va! ¿Yo, carreras? No flipes otra vez.
-Bueno, pero desde luego conoces muy bien la carretera, y además la Vision se tiene muy bien en esas curvas.
-Ah –rompe en una carcajada-. Lo dices por la marcha que hemos traído. Sí, claro que la conozco, la conozco muy bien. Y, además, como dices, esta moto se siente sobre raíles haciendo curvas rápidas.
-Sí, se siente, y se ve perfectamente desde atrás como sigue la trayectoria fielmente, sin un solo movimiento.
-Así es. Eso te da una seguridad tremenda.
El Nota examina la reacción de Moriwoki, y concluye.
-La Harley no iba igual, ¿verdad?
-No, no. Por eso te he preguntado si eres piloto o si lo has sido alguna vez. No debe ser el terreno de la Vision, pero lo es mucho menos para la Ultra Classic. Esas curvas rápidas, tomadas tal y como veníamos, resultan de un ritmo sencillamente salvaje para la Harley.
-Entonces, yendo al límite, ¿qué reacciones has observado en esa Harley?
-Pues podremos escribir en el reportaje que en las curvas de una nacional o de una autovía, tomadas a una velocidad con multa de 100 euros, para aquel que se atreva… O mejor, antes de eso es necesario describir un detalle fundamental que muy amablemente me explicó un estudioso miembro de Foro Harley.
-¿Cuál es su nombre o su nick?
-¿Importa eso?
- Bueno.
- Como quieras: Su nick es Crowley. Bien, Crowley me explicó antes de esta prueba cómo el basculante de la Ultra se apoya sobre el motor, que a su vez descansa dentro del chasis sujeto (o habría que decir suspendido) mediante robustos silent-bolcks, imprescindibles, como ya sabes, para absorber las impresionantes trepidaciones del 103 pulgadas que monta la Ultra. En definitiva, que entre la conexión del basculante al chasis se interpone un conjunto de silent-blocks y por ello el tren trasero muestra un pequeño margen de torsión, una holgura elástica, cuando el basculante empieza verdaderamente a esforzarse, esto es, en curvas rápidas por encima de 100, 110 y, desde luego, bastante más.
-Vale –pregunta ansioso El Nota-: ¿Y cuál es, entonces, el comportamiento de la Ultra si entramos , por ejemplo, en una curva larga, de ésas que trazan una parábola a unos 120 por hora o más?
-Pues el resultado es que el basculante hace su máximo esfuerzo y la goma de los silent-blocks sobre los que se apoya ceden unos milímetros, diez, tal vez vinte, no lo puedo saber con exactitud. El gesto desagradable que transmite esa torsión se traslada directamente a la horquilla, que, una vez consumido su recorrido de aceite -y a fe que a ese ritmo lo hará siempre y al completo- responderá con esa sensación característica suya, con esa elasticidad. Torsión atrás y retorcimiento delante. Comienza entonces un baile, un meneo que exigirá el máximo del piloto.
-¿Y qué hacer entonces para controlarlo? –la ansiedad de El Nota se hacía cada vez más patente.
-Lo mejor será describirlo por orden:
1º.- Por un lado una anticipación muy previa, incluso exagerada, antes del viraje.
2º.- Hilar muy fino, finísimo, la trazada. Apuntar muy bien la moto por una línea limpia y clara.
3º.- El piloto tendrá que hacer con las manos y los antebrazos, incluso con los hombros, el efecto de un amortiguador de dirección para eliminar, o al menos suavizar en lo posible ese vaivén de atrás a adelante, que parece encastrado en la geometría de la Ultra.
4º.- Muy importante, mantener la tracción, el motor en torno a las 3.200 o 3.300 rpm, con la marcha que necesite (casi nunca en 6ª, claro). La explicación se basa en un par de fuerzas: Una, la tendencia de ese vaivén a sacarte recto, por la tangente; y dos, la trayectoria que marca el par, la tracción del motor. La resultante de las dos tiene que ser siempre la trazada de la curva, si no…
-De curvas rápidas. Con bastante empeño y tesón puedes llegar a dominar este cetáceo transitando por esas curvas; pero, en ese caso, te recomendaría que te comprases otra moto. La idea de esta Harley –creo que tú lo sabes mucho mejor que yo- es otra bien distinta. De todas formas, escribiré todas estas conclusiones para el que tenga en mente comprarla o para el que ya sea el afortunado poseedor de ella desde hace tiempo y sienta curiosidad por saber hasta dónde pude llegar.
La noche apenas si aplacó una temperatura más propia del Día de Santiago que del cénit de la primavera, y los dos motoristas se retiraron pronto al hostal para hacer acopio de fuerzas de cara a la jornada siguiente.
La mañana se levantó tórrida como una prematura jornada dakariana, amenazando con un calor que ni las montañas en lontananza parecían capaces de disiparlo. Las dos ballenas de la ruta se deslizaban desde hora temprana sobre el asfalto de una carretera que serpenteaba atravesando tierras de olivares, haciendo su vaivén cada vez más retorcido, a medida que buscaba su destino en uno de los parajes más recónditos de Europa.
Finalmente, tras una tendida bajada que, con el calor cayendo a plomo, parecía llevarles a las mismas calderas de Pepe Botero, y al volver una curva, como la esquina de una plaza monumental, apareció el pueblo de Cazorla recogido en la concha que su sierra abre en un monte partido para servirle de marco imperial, presidiendo la entrada a uno de los parques más vírgenes de la piel de toro.
Una parada obligada para tomar la foto panorámica de las dos gordas con el pueblo andaluz de fondo erguido sobre la falda del cerro. Más tarde, tomando un refrigerio en uno de los bares cazorleños, El Nota comenzó a adivinar la dura jornada que se le venía encima tras las palabras de Moriwoki.
-Me vendrá muy bien que me eches una mano con las fotos, sobre doto con los vídeos.
-Cuenta con ello. Me mola hacer algo distinto con la burra.
-Pues va a quedar un trabajo espectacular. Ya te iré diciendo cómo hacerlo. De momento, tengo que colocar esta cámara pequeña en el frontal de tu Victory. ¿Puedo?
El Nota resopló extendiendo la palma de la mano para ofrecer su moto.
-Pero mientras la colocas, podrías ir adelantándome algunos detalles de la gorda que conduces. Seguro que, con los kilómetros que llevamos, ya has recopilado un catálogo completo de ellos.
-Bueno, no exageres –respondía con falsa modestia tirando del rollo de cinta americana-, podría apuntarte algunos de ellos –carraspeó cuando fijaba la cámara-. Vale. Pero voy a seguir un orden para describirlos:
1º El ABS trasero resulta mucho más intrusivo que, por ejemplo, el de la Fat Boy, aun sabiendo que montan la misma versión, con la misma centralita y el mismo software.
2º Sus plataformas son las más altas de Harley que he probado hasta ahora.
3º Relacionado con el anterior, el centro de gravedad se siente notablemente alto en parado y además, al moverla en maniobras de aparcamiento, ese ángulo crítico de inclinación a partir del cual la caída ya es inevitable, y lo único que podemos hacer es acompañar a la moto para que su encuentro con el suelo sea lo menos ruinoso posible, se siente más que exigente, implacable mientas la mueves de adelante atrás. Menos mal que, en caso de que termine venciéndose, si lo hace lentamente, se apoyará sobre las defensas, delanteras y traseras.
4º El radio de giro es sorprendente. Da una capacidad de maniobra a la Ultra dentro del garaje que ya la quisieran para sí algunas naked, incluso alguna maxitrail del mercado.
El dúo se puso en marcha sobre la carretera escarpada. Parecía que, con la subida, sus siluetas colgantes del manillar se volvían aun más abandonadas con el efecto de la pendiente. A medida que las motos ascendían, la vista tomaba altura sobre el panorama jienense al que iban a dar la espalda repentinamente, tras doblar una curva inesperada que les pondría en bandeja la suave rampa de acceso al parque natural. Una depresión de suaves laderas se abría ante la mirada de El Nota, que, no por encontrarse por enésima vez ante la postal viva más entrañable de su existencia, resultaba menos impresionable, sintiendo el calado de un hondo sentimiento enraizado en un principio tan vital y primitivo como sus genes más elementales. Un extremo, de aguda sensibilidad, que contrastaba casi violentamente con la analítica actitud de Moriwoki, ignorando lacónicas contemplaciones de bucólica perspectiva y pendiente, únicamente, de las reacciones e impresiones que iba transmitiendo la Harley Ultra Classic que conducía sobre un nuevo escenario para ponerla a prueba. Curvas alternadas con brevísimos tramos rectos, eses de radio regular enlazadas para seguir los pliegues de la sierra y redondas que se revolvían con uniformidad para que la carretera transite por los rincones más guardados de la Sierra de Cazorla. Ésas eran, en definitiva, las únicas figuras que percibía la estrecha mirada del probador en un escenario privilegiado como pocos para respirar a plenitud mientras la mente se expande. Tanto fue así que, mientras El Nota navegaba embelesado dejándose llevar por su barco de dos ruedas, su compañero de viaje interrumpió aquella marcha placentera inexplicablemente, sin ninguna razón aparente.
-Aquí –indicó Moriwoki tras acercarse alzando la pantalla del casco-. Éste es un buen sitio para el vídeo. Mira: me vas a tomar viniendo desde allí –señalando uno de los miles de pinos que cuajaban el paisaje- hasta que me pierda por allí –apuntando con el dedo a un talud de tierra- Y nada, cuando vuelva, lo haces al revés. ¿De acuerdo?
El Nota no salía de su asombro mientras se apeaba de su Victory Vision.
Terminada la sesión audiovisual, Moriwoki se agachó para tomar unas notas en su libreta mientras examinaba ambas ruedas de la Harley.
-¿Qué estás mirando?
-Pues los neumáticos que monta, su marca, su medida.
-Ah –con la boca completamente abierta-. ¿Y cuáles son?
-Espera –terminó de anotar y se volvió hacia él- Pues
Delante un Dunlop D 408 F de 130x80x17
Detrás un D 407 de 180x65x18
¿Y tú qué has montado en la tuya?
-Ah… yo nada. La moto va con los que traía nueva.
-¿Y no sabes cuáles son?
-Pues no tengo ni idea.
- Delante un Dunlop Elite 3 de 130x70x18
Detrás lo mismo en 180x60x16
¿Quieres comprobarlo?
El Nota, boquiabierto, respondió.
-No, no. Déjalo, ¿para qué?
El tono azul del pantano ponía el punto vital a los verdes y los pardos que se hacinaban alfombrando ambas laderas, bañándolos con el resplandor de un sol jienense fotografiado sobre la quietud de sus aguas. El rumor de los dos buques en equilibrio se esparcía por el valle mientras serpenteaban por su perfil sumergidos en un mar de pinos. Todo un día de curvas, paradas, instantáneas, grabaciones; un día de pruebas y apuntes por el que El Nota transitó desde el más vivo interés de las primeras horas hasta la abstraída ausencia del atardecer, quizá amarrada en ese pasado hiriente que intuía su compañero de ruta.
Con un crepúsculo oculto tras la sierra, El Nota tomó el mando del dúo y llevó a su compañero siguiendo la carretera durante unos kilómetros después de pasar sobre el dique de la presa, hasta desviarse por un camino en bajada que desembocó, finalmente, en un rincón que sólo tendría cabida, sin contemplarlo, en la idílica imaginación de un guionista cinematográfico. Un paraje recóndito en el que un conocido de El Nota, al parecer, de muchos años, había levantado un coqueto hotel rural. Les recibió solo –no había nadie más-, con una contenida simpatía, como si tuviera miedo de quebrar la paz absoluta que se aposentaba sobre aquel rincón. Una paz que minutos después, cuando Moriwoki se hallaba escribiendo, sentado a una mesa rústica, pudo sentir hasta qué punto era completa con un detalle insólito. El silencio que se respiraba contemplando aquella vista, como la postal de un lago suizo, llevó hasta los oídos del probador el sonido de un roce sutil como la pisada de un guión. Al principio no lograba identificarlo, pero después descubrió el origen de aquel leve sonido en medio de su perplejidad:
Se trataba de su propia pluma deslizando la tinta sobre el papel del cuaderno.
Dos horas después, con los platos de la cena acabados sobre la mesa, la curiosidad de El Nota volvió iniciar una nueva conversación puramente motociclista.
-Buenos, y después de hacer tantas y tantas curvas como todas las que nos hemos echado a la espalda hoy, después de hacer tantos kilómetros, ¿qué puedes decirme sobre la Ultra?
-¿Quieres que hable sobre lo que voy a escribir en el reportaje?
-Sí, más o menos, eso es.
-Pero quisiera que me vieses exclusivamente con un probador de motos que se sube en cualquier bicho con dos ruedas, eso sí: en el que quepa. Para que te hagas una idea, dentro de dos días, recogeré con mis compañeros una BMW R 1200 R, una Ducati Diavel, una Triumph Street Triple R y una Yamaha V-max, y el lunes estoy el día entero en el circuito de Cartagena grabando un vídeo y haciendo el trabajo de estas motos para Super7. Por supuesto las voy a probar todas y algunas ya son repetidas. Y, aparte de esto, la semana que viene voy a otro circuito para entrenar con mi KTM de carreras.
-No te preocupes: Me hago a la idea que es sólo la aséptica opinión de un piloto-probador.
-Bien, pues, si hemos hecho curvas de todo tipo, hablemos de curvas. Pero, para que quede más claro, dividiré el análisis en varios apartados.
En curvas de ciudad.
La Ultra transita con limpieza por esquinas y rotondas dentro de la urbe. Sí es cierto que se siente incómoda, incluso molesta entre el tráfico de cuatro ruedas, pero tampoco irrumpe en él como un elefante en una cacharrería. Podemos decir que se mueve remoloneando, pero saliendo airosa de ese trámite tedioso de desplazarnos de una punta a la otra de la ciudad.
En carreteras de montaña
(Media de 50 y máxima 80 por hora) La Ultra entra con facilidad y con nobleza en los virajes, basta insinuarle el contramanillar y la moto apunta al interior de la curva con mucha mayor naturalidad y rapidez de la que se podría presuponer si se lo exigimos. A esa facilidad para entrar en el viraje ayuda esa elástica blandura de la horquilla, característica de esta Harley.
Por otro lado, la Ultra cambia de dirección con una llamativa soltura, si sabemos jugar combinando la presión sobre el manillar, a un lado y al otro, con la presión del pie sobre la plataforma interior. Podemos decir que la Ultra fluye con naturalidad, por ejemplo, por las largas series de eses enlazadas que dibujan el contorno de este pantano. Anticipándote con un margen suficiente, que no tiene por qué ser, ni mucho menos, el de un mercante, puedes hilar una curva con otra y disfrutar de una conducción suelta y fina, aunque, eso sí, tendrás que jugar con el cambio para que la Ultra haga la primera parte del paso por curva con la retención adecuada y la segunda, abandonando la inclinación, con la debida aceleración, sin acercarse al sobre régimen.
En la subida de los puertos
Ocurre algo muy semejante al caso de los pantanos, se puede fluir recortando la montaña en este caso, incluso, jugando sólo con el gas, sin cambiar de marcha. Dependerá de lo seguidas que te encuentres las curvas y de lo cerradas que resulten.
En este punto, en el de los ángulos, horquillas y paellas (tipos de curva más cerrado), basta con hacer el tránsito por el viraje redondeando la trazada para así administrar esa distancia libre al suelo, marcada por las plataformas, que en la Ultra parece tener algún cm extra con respecto al resto de Harleys. En cualquier caso, si rozase con el asfalto, sólo te estremecerá el escándalo metálico que forma…
-Sí, jajaja, ya lo he escuchado más de una vez, delante y detrás de mí –interrumpió El Nota.
- Sí, claro. Y eso si no estás acostumbrado, porque la trayectoria de la Ultra no se inmutará en un solo milímetro. Eso sí, si vas más allá, no mucho más allá plegando la plataforma, por el lado izquierdo rozará el soporte del caballete lateral y por el derecho otro elemento fijo que no he podido identificar.
Bien, ¿pero qué pasa entonces con la bajada de los puertos y con esas carreteras nacionales de curvas más suaves y rápidas, fuera ya de montañas y pantanos?
Efectivamente, Crowley había hablado del comportamiento elástico de la Ultra. Éste se muestra con toda claridad a la hora de abordar curvas en bajadas pronunciadas o tomar las llanas más rápidas con decisión a una velocidad de crucero bastante alta.
Esa elasticidad ya se presiente negociando curvas entre los 40 y los 70 por hora; sin embargo, en el momento de apoyarnos sobre el tren delantero, frenando, para atacar una curva en bajada por encima de los 40 por hora, la horquilla se siente como la suspensión delantera, a base de elastómetros, que monta una bici de hipermercado. Te llega a los puños la sensación de que cada barra termina su breve recorrido de aceite para apoyarse sobre esa goma dura e imaginaria a la que me refiero.
El motor, muy fino, muy auténtico, como creo que diría un auténtico harlysta, muy lleno, desde luego, con fuerza, tirón suficiente, aunque para ser riguroso, si le exiges a fondo en sexta decepciona un poco, tal vez porque esperas algo más debido a cómo se desenvuelve en las marchas más cortas. En cualquier caso, nada que afecta a la marcha dentro de un largo viaje, incluso cargado con pasajero y equipaje.
Por último, la frenada. Soberbia, sorprendente, incluso espectacular. Me ha dejado de una pieza cuando le exigido de verdad. La frenada de la Ultra está muy por encima de muchas, pero que muchas motos con cien kilos menos que ella. Es capaz de detenerse en un espacio menor que unas cuantas motos, bastantes, fuera del mundo custom. Ya te digo que me ha sorprendido muy gratamente.
- Muy interesante, desde luego. Bueno, y después de tanto hablar sobre la Ultra, ¿serías capaz de dar una conclusión en una sola frase?
-Umm… Vemos –después de tres segundos rascándose la cabeza, responde-: Creo que sí.
-Me muero por saberlo.
- Si hablamos de recorridos rectos, de ésos que se pierden en el horizonte, puedo decir, sin miedo a equivocarme, que esta Harley Ultra Classic 103 es la moto más cómoda que he probado en mi vida.
Una noche sin luna extendió un océano de estrellas sobre el sueño de los motoristas, y, a la mañana siguiente, con el alba tardía de la sierra, los dos tomaron el camino pedregoso hasta salir a la carretera, grabando unas secuencias pintadas con esa luz temprana que baña de oro todas las siluetas que se recortan contra el inicio del día. Parada en el pueblo encrespado sobre un privilegiado promontorio desde el que la vista parece alcanzar el final de Andalucía, y vuelta de nuevo a la civilización por su lado más llano y abierto. Allí, en las puertas de La Mancha, se detuvieron para repostar, y junto a un café servido en la propia gasolinera, El Nota volvió a preguntar, tratando de aprovechar toda la información que, a su lado, había ido recopilando el probador.
- Bueno, se nos acaban las curvas y no me has dicho nada de mi moto, de lo que te pareció cuando hiciste su prueba.
- ¿La Victoy Vision en las curvas?
- Claro, en las rectas ya sé muy bien como va: Un verdadero placer de conducir.
- Pues es una moto que engaña, y mucho. En parado impone, y a alguno le asustará. Lo cierto es que no es para menos porque, aunque te subas a ella, no va a dejar de ser una enormidad. Sin embargo, a partir de diez por hora y como le ocurre a otros pesos pesados de La Moto, parece perder ciento cincuenta kilos.
En curvas lentas se maneja mucho mejor de lo que pueda parecer en un principio, aunque no con la facilidad de la Ultra, que es asombrosa. La Vision necesita, eso sí, calcular muy bien la inercia cuando abordas un viraje muy lento, de los más lentos, para que no te falte y la propia gravedad te juegue una mala pasada tirando de la moto hacia el interior.
En curvas digamos medias, de 50 o 60, la Victory gigante se desenvuelve mucho mejor y llama la atención la enorme distancia al suelo que ofrece: hay que ser un verdadero quemado para acabársela y no en todas las curvas.
En las rápidas, desde luego, ya hablamos ayer de que es donde se encuentra en su salsa. Tú mismo has dicho que sigue un auténtico raíl, por muy de prisa que vayas con ella. Es asombroso no sólo cómo se aguanta, sino también con qué precisión traza.
- En fin –suspiró El Nota-, tampoco me resuelves demasiado.
- Bueno, puedo añadir que la frenada es también sorprendente, no tanto como la de la Ultra, pero por poco. Es realmente efectiva, muy efectiva. Sensacional.
-¿Qué más? –con cierta ansiedad.
- En cuanto al motor, es tan lleno como el de la Ultra; aunque con la Vision no se siente esa pequeña decepción en sexta, que en realidad es muy pequeña; tal vez sea porque su desarrollo esté mejor dimensionado, o tal vez porque se sientan esas tres pulgadas extra sobre la Harley. Ya sabes que tu moto monta un motor de 106, por las 103 de la Ultra.
- Así es que la Vision también te gusta, y mucho.
-Sí, desde luego. Si además tienes en cuenta que cuesta 24.000 y que la tuya sale por 27.000, pues la cuestión se iguala mucho más.
-Ya, pero al final ¿cuál es mejor?
-Yo creo que no hay mejor ni peor. Se trata de dos motos americanas que van dirigidas a distintos motoristas. Yo diría que la Ultra Classic es para los harlystas más puros, y que la Victory Vision es para quienes gustan de un concepto aparte, de lo que yo llamaría “el concepto limusina en moto”.
Moriwoki observó a su compañero poco o nada convencido, sacudiendo la cabeza con un gesto escéptico. Fue entonces cuando se le ocurrió una drástica solución que dejó caer como si tal cosa.
-Oye, Nota, ¿por qué no sales de dudas cambiando las motos? Así podrás probar la Ultra y quedar seguro de qué tipo de motorista eres.
- Ja, ja, ja. No: yo tengo muy claro de qué calaña soy.
- Aun así, cambiémoslas. Nunca te has subido en una Harley así, ¿me equivoco?
- No, no te equivocas. Pero es que –no encontraba una justificación para su reticencia-…
-Venga, no me digas que te vas a quedar sin probar el buque insignia de la que ha sido tu marca.
El Nota agachó la cabeza y tomó el puño del manillar que le ofrecía el probador. Unas decenas de kilómetros, de leguas rectas como estelas aéreas, cruzando esa planicie manchega solada por un millón de viñas, y El Nota detuvo la moto a la entrada de un pueblo solariego.
-Toma, macho: Me has hecho polvo. No sé por qué me la has dejado.
Moriwoki se mantuvo a la expectativa, tratando de comprender.
-No tenía que haberme subido en ella.
-Pero, ¿por qué? ¿Es que tan superior te parece a la tuya?
-No, no, qué va. No es eso. La Vision es una gran moto, y estoy encantado con ella; pero…
-¿Pero?
-Pues que esta Ultra tiene dentro, como ninguna de las cerdas que he conducido, el auténtico espíritu Harley con el que siempre he soñado.
El Nota volvió a subirse en su Victory, y cuando Moriwoki se situó a su lado montado sobre la Ultra Classic, se giró para comunicarle algo definitivo ante su sorpresa:
-Yo me quedo ahí, un poco más adelante, a la derecha.
Y extendió la mano con el codo a medio doblar. Moriwoki, aturdido, la chocó con él. El Nota arrancó disparado sin darle tiempo de reaccionar. Tardó en arrancar. Dejó ir suavemente la Harley, casi desfilando por las calles del pueblo, mientras veía perderse la ballena de su enigmático compañero de ruta. Una curva de la calle la perdió de vista definitivamente: Ya no volvería a verle subido en la Victory. Sin embargo, al detenerse ante un semáforo de un rojo que parecía dormitar como los abuelos de aquel mismo pueblo al sol del invierno, descubrió la Vision aparcada a unos metros, sobre la acera que marcaba el contorno de un pequeño parque. Entoncs vio a El Nota caminar, de espaldas y con el casco en la mano, arrastrando los pasos sobre la arena. Unos metros más adelante se detuvo frente a un banco sobre el que permanecía sentada una mujer, de aspecto joven en la lejanía, junto a un carrito de bebé. Moriwoki pudo ver cómo ella levantaba la mirada hacia su compañero, aunque no llegaba a distinguir la expresión de aquella mujer. El Nota permaneció de pie, inmóvil. El semáforo cambió a verde y Moriwoki soltó el embrague de la Ultra para volver a perderse a los pocos minutos por la plana inmensidad, plana y manchega, que cubre media Castilla.
El Nota: Jesús Sanz
Moriwoki: Tomás Pérez
