Comportamiento de una Moto Limitada: Brutale 675 - Mentalidad limitada
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Probador: Tomás Pérez
Ficha Técnica: 1,91 m, 102 kg, 55 años
Nivel: Teórico y monitor práctico de la Escuela Super7. Subcampeón 2.012 en la categoría Twin del campeonato Mac90
¡Alto! Antes de nada, un cambio de mentalidad
El método aplicado en la MV Agusta Brutale 675 funciona, y esa restricción adquiere en ella un sentido verdaderamente lógico; aun así, me costó mucho convencerme, me volví a decepcionar en un principio, tal vez más que cuando seguía a aquella aplicada pareja de alumnos, porque empecé mal, realmente mal y me equivoqué al escoger el momento y sobre todo la mentalidad con al que debía abordar esta prueba. Permítame el lector que le relate la escena tal como se desarrolló, pienso que es importante para situarse y para comprender mejor el comportamiento de esta fantástica tricilíndrica con limitación.
Nos hallábamos en nuestra pista habitual de FK-1 en Villaverde de Medina, provincia de Valladolid, y estaba terminando de hacer mi trabajo sobre la soberbia F-4, y nada menos que realizando las pruebas de aceleración del buque insignia de MV Agusta, 174 CV a la rueda, o lo que es lo mismo, 195 de catálogo en la salida del motor, desplegando todo su poderío sobre el asfalto, con el gas a fondo, el motor rabiando y sin dejarle ni un solo gramo de fuerza en la reserva. Una y otra, otra más, así se sucedieron mis pasadas por la recta a lomos de esa bestia parda a punto de despegar.
Cuando me detengo tras la segunda sesión de aceleraciones, con el motor de la F-4 crepitando como si se estuvieran friendo huevos en su interior, mi compañero Sergio me señala la Brutale reposando en solitario bajo el tejadillo de los boxes. Ni corto ni perezoso, me subo a la 675 limitada y enfilo sin más el carril accesorio para salir a pista. Sorteo la primera mitad del trazado, enrevesado y tortuoso como pocos, donde simplemente dejo correr la moto y únicamente toco el gas para levantarla a la salida de cada viraje por un momento, porque a lo largo de ese tramo se me echa encima cada curva siguiente en un instante. Así llego al codo tímidamente rápido que precede a la contra recta, y allí, en el punto medio del viraje, abro el gas a fondo, sin contemplaciones. El tacómetro de la pequeña Brutale escala por su primera franja, cinco mil, seis mil, etcétera, haciendo su entrega natural de potencia, con ese empuje suave que da abajo el tricilíndrico y que crece exponencialmente hacia las ocho mil, que es a partir de donde rinde su ser o no ser con un tirón de fuerza que sorprende, que da todo el carácter a la 675 (sobre todo en la versión de 110 CV) y que, también, obliga a estar muy atento y a agarrarse a la moto con firmeza.
Sin embargo, en lugar de un tirón potente y placentero, ¿qué es lo que me encuentro? ¡La moto se corta, se queda seca al mismo tiempo que una luz se enciende en el tablero!
Empalmo la marcha siguiente para sacar del fiasco a la aceleración de la Brutale y vuelvo a sentir el mismo corte, la misma mano negra que siega la escalada natural de potencia. Ciertamente, llevo en ese momento en el cuerpo una sensación frustrante que me acompaña hasta la recta más larga para hacer su paso cambiando de marchas a pocas revoluciones, por debajo de las ocho mil. Me siento un taxista, con esa conducción entrecortada para economizar el combustible al máximo.
“¡Esto qué es!”, me digo, “¡Es que voy subido en una Vespa!”
La verdad es que la decepción era para considerarla, si no olvidamos, además, que dos minutos antes me había apeado de un escuadrón de caballos tan brutal como el que empuja a la MV Agusta F-4, tras hacer no sé cuántas pasadas a saco por esa misma recta.
Doy una segunda vuelta tratando de asimilar este comportamiento que me ha resultado tan frustrante, intentando no buscar la causa en una metedura de pata administrativa, sino en alguna otra razón.
Vuelvo a entrar en el pit line, detengo la Brutale 675 y apoyo las manos sobre el depósito mientras reflexiono: Ya había tenido ocasión de hacer la prueba de este modelo “entero”, y su mágico tirón de entonces ha desaparecido. Esa aceleración contundente que se ponía de manifiesto a partir de las ocho mil rpm, aproximadamente, ya no existe y mi ansiedad de quemado, por tanto, se ve ahora frustrada.
Pero en ese momento recuerdo lo que explicaba antaño en un consultorio de conducción sobre las pluricilíndricas de cubicaje medio en manos de un principiante. Subrayaba que la moto mostraba una cara de cordero por debajo de una barrera difusa que se situaba entre las 6.500 y las 8.000 revoluciones, dependiendo del modelo; que cualquier seiscientos de tres, y sobre todo de cuatro cilindros, se comporta, prácticamente, como una dos y medio, y que al sobrepasar ese umbral, al subir de ese régimen, la moto daba un cambio inesperado, mostraba a las claras sus fauces de lobo con una aceleración rotunda que en muchos casos sorprendería al principiante y que en algunos de ellos le pondría en un buen aprieto, dada su evidente escasez de recursos para la conducción.
Estaba claro que me había equivocado, que había salido a la pista con ese hambre de quemado que uno lleva dentro, en lugar de cambiar la mentalidad para encarnar el papel de un principiante para esta prueba.
